Impresiones
Todo lo que pasa por mi cabeza
02 de noviembre de 2007
NAIMA
Escrito por Anton
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Por lo general olvido las cosas con facilidad, pero siempre herecordado ese momento claramente. Fue el sábado 1 de diciembre del 74. Llovía, y Naima quiso que comprásemos aquel Belén para nuestras primeras Navidades juntos.
Por aquel entonces, yo tenía un Mini Cooper de color mostaza, con volante de madera y techo de polivinilo, el piso que acabábamos de comprar en la calle Cuba, y mi habitual displicencia, completamente fingida, que apenas podía esconder un inocente vitalismo.
Naima tenía el pelo castaño, suelto sobre cualquiera de sus jerseys oscuros y unos ojos del color de la miel que todavía extraño algunas noches, en las que me despierto de un sueño en el que durante unos minutos he vuelto a tenerla a mi lado.
Echo de menos a Naima.
Sábado,
1 de diciembre de 1974
Hacía tres semanas que nos habíamos instalado en el piso de la calle Cuba y éste ni siquiera contenía los muebles indispensables. El colchón descansaba directamente sobre el suelo de madera. Sin cortinas, la luz entraba directamente suavizándose sólo a través de los cálidos colores con que habíamos pintado las paredes de la casa. A nuestro alrededor, la ropa, esparcida por el suelo desde la noche anterior. Y todos aquellos días, la certeza de que aquel cálido cuerpo que respiraba a mi lado era Naima. Mi Naima.
Una mañana,
ella me despertó con una petición inesperada:
-Compremos un belén.
-¿Qué?
- Un belén. Un nacimiento. –Dijo llevándose a la boca un mechón de pelo, algo avergonzada de pedir tal cosa.
La petición no dejaba de ser sorprendente. No era creyente , no iba a misa, ni siquiera le había importado que viviésemos juntos sin estar casados, lo que no era nada frecuente entonces. En el tiempo que había transcurrido desde que la había conocido, era la primera vez que mostraba algún interés por algo relacionado, aún peregrinamente, con la religión, y así se lo dije.
-No es eso. – Respondió.
- ¿Entonces?
-Desde que yo recuerdo, siempre el primer fin de semana de diciembre mis padres bajaban del trastero el viejo nacimiento y ese sábado mis hermanos y yo pasábamos la tarde montándolo.
Desde entonces, para mí, todos los años, el primer sábado de diciembre está reservado para el belén.
- Está bien. ¿Quieres que nos acerquemos esta tarde a Asefal?
- Gracias.
Naima se inclinó sobre mí y me dio, con un rápido e inesperado movimiento, un beso en la punta de la nariz, antes de levantarse y desaparecer por el pasillo. Era la primera vez que hacía algo parecido. Tuve ganas de reírme ante este gesto tan
sorprendente.
Miré el reloj. Pronto sería hora de acercarme al ambulatorio. Estiré los brazos para intentar librarme de la pereza.
Me lave, al pasar el peine vi que se quedaban enganchados más pelos de lo deseable. Me vestí; pantalón de pana, camisa de cuadros y la chaqueta exigida por la dirección del ambulatorio. Desayunamos oyendo el noticiario de la mañana en la vieja Marconi de madera. Huelga en los astilleros por el despido de diez
trabajadores afiliados a un sindicato; la separación hasta unas horas después, “dame un beso”, “ dame otro beso”, qué difícil es despedirse, y recorrí los escasos veinte metros que me separaban de la consulta en el ambulatorio 18 de Julio.
La mañana se nutrió básicamente de pacientes afectados de gripe. Lo habitual en esas fechas. La excepción fue aquel hombre, de unos setenta años, de cara cansada y escaso pelo blanco oculto bajo una boina que al entrar guardo entre las manos,
gesto algo embarazoso para mí, que llegó acompañado de su hija. Aunque durante la consulta se mantenía callado e inmóvil, en sus ojos vi claramente una sombra de miedo. Sus ojos reflejaban una desazón que respondía sencillamente a que aquel hombre, sin tener ningún conocimiento médico intuía perfectamente que algo no funcionaba. No tuve que realizarle un examen demasiado profundo para constatarlo. Le mandé al especialista después de intentar tranquilizarle a base de la palabrería inútil que los médicos empleamos con los pacientes en estos casos. “Para quedarnos tranquilos vamos a hacer unas pruebas” “Es algo
perfectamente normal” “Llegada su edad es normal estas pequeñas disfunciones”. Al despedirnos, les acompañé hasta la
puerta. El hombre dejó salir a su hija en primer lugar y con un amable gesto me hizo comprender que mi torpe intento no había resultado.
Silencio.
Aquella tarde fui con Naima a por el belén. Ya de vuelta en casa, arrodillada y con el pelo aún algo húmedo por la lluvia, ordenando las piezas, recortando papel de aluminio para hacer un pequeño río, vi a la Naima-niña que había podido intuir aquella mañana y que durante todos estos meses había escondido la Naima-mujer, tan grave y tan juiciosa, a la que conocía.
Sábado,
7 de diciembre de 1979
Un cosquilleo en el cuello me despertó bruscamente. Estaba sentado en el sofá del salón. La pélicula había acabado. Naima, a mi lado, sostenía uno de las borlas de la manta boliviana que cubría el respaldo y se reía.
- Ayúdame a montar el belén, vago.
- Qué hora es?
- Las seis. ¡Vamos!
Tirando de mi brazo me llevó al otro extremo del salón donde la caja esperaba ya abierta.
Estábamos acabando de colocar las últimas piezas cuando sin querer golpeé con la mano una de las figuritas, que cayó al suelo partiéndose por la mitad. Miré a Naima como un niño que acaba de romper un jarrón con su pelota. Ella dijo:
- No importa. Intenta pegarla. Seguramente tenga arreglo.
Sobre el suelo de madera, el pastor, partido a la altura de la cintura, esperaba la mano salvadora que le devolviese a su orbe de corcho. Me agaché a buscar las piezas.
Sábado, 5 de diciembre de 1980
Esa vez sería imposible arreglarlo. Recogí el disco de Billie Holliday que Naima acababa de dejar caer sobre la alfombra. Apenas nos limitamos a cruzar un par de reproches, puntuales e hirientes. Ni siquiera intenté detenerla. Guardó algunas de sus cosas en un par de maletas y se marchó. No hubo gritos, no hubo
un portazo al salir. Nunca fuimos capaces de perder los estribos o de increparnos.
Pasé el día siguiente fuera, conduciendo sin un rumbo concreto por el norte de Portugal, para que ella pudiese recoger sus cosas. Al volver a casa, por la tarde, vi que su parte del armario estaba vacía y que sus libros ya habían desaparecido de la
estantería del salón. En el fondo, conservaba la esperanza que había alimentado durante todo el día de encontrarla allí. Se me ocurrió ir a la despensa. Allí estaba todavía la caja del belén.
Sábado,
2 de diciembre de 1983
Acababan de sonar las tres en el carillón del salón. Coincidiendo con el último toque, sonó el teléfono. Dejé las gafas en la mesilla y contesté.
Sábado,
5 de diciembre de 1986
Hacía ya tres años desde la muerte de Naima, seis desde que atravesara la puerta para no volver a aparecer, y tan solo cinco minutos desde que en plena borrachera lanzase mi vaso contra la puerta de cristal del aparador, rompiéndola. Ya había
soportado demasiada soledad durante los últimos tiempos.
Cuando por fin me encontré un poco más calmado abrí el armario de la cocina y saqué la caja que contenía el belén. Volví al salón. Barrí con el brazo todas las cosas que había sobre la mesilla. El reloj, el cenicero, la figura del pato tallado en madera cayeron al suelo, dejando paso a la locura.
San José, la Virgen, el Niño, los animales, los pastores, uno de los cuales aguantaba una gota de pegamento solidificado en su espalda, los reyes, el puente, la nieve, el río tenían delante de ellos un infeliz que esperaba arrodillado que se produjese el más absurdo de los milagros. O al menos…
Sonó el timbre de la puerta.
Me levanté del suelo, y mientras me acercaba al recibidor enderecé el cuello de mi camisa y alisé el jersey. Debía estar presentable. Abrí la puerta.
Naima, más radiante que nunca, entró en casa dándome un cálido abrazo. Tenía las mejillas coloradas. Sin soltarme, me dijo al oído:
- No sabes el frío que hace ahí fuera.
literatura, ficcion, vigo, relato, cuento, cuento de navidad
02 de noviembre de 2007
Sueño 31/10/07: Edificios (elemento recurrente)
Escrito por Anton
Hay dos ascensores, y en los dos están trabajando en su mantenimiento. Solo hay una posibilidad de subir, usando una escalerilla de hierro para subir al techo de la cabina, así que una pareja joven con hijo que están delante de mí pone cara triste y sale del edificio.
Yo, pese a que llevo una camisa blanca y mi abrigo bueno (estilo sesentero serio popero existencialista), subo por las escalerillas. Pero no llego a mi casa, como sería lógico, esto es un sueño así que llego al edificio vecino, más o menos a la misma altura. Y ese edificio si que es lujoso. Y hortera. La fachada es estilo vivo-en-un-centro-comercial-de-cartón-piedra. Y lo más extraño es que para llegar a mi casa debo circular en paralelo por una especie de Aqua-Park en cartón-piedra...como no. Eso va a doler.
Aquí la "cámara" se va con nuevos personajes: Un segurata con mucha autoridad: Tommy Lee Jones. Palabrita del niño Jesús. Y eso no es todo. Como consejera, Linda Fiorentino. Chu-chu-chuuuu! Y os preguntareis, de qué me suena? Si, de MIB (Men in Black). Pero es un Tommy mas al estilo de "El Fugitivo", no sé si me explico. Eso de los toboganes es la versión lúdica de la escena de la presa.
Volvamos conmigo.He llegado a una piscina y me encuentro con un viejo amigo que ha llevado allí a su hermano pequeño. El nene ha crecido y lleva un piercing en el labio como el que llevaba yo hasta hace poco. Le explico que el mío se estropeó con el tiempo. Como lo llevo en el bolsillo se lo muestro. Joder, qué mecanismo mas raro! Parece el cabezal de un tocadiscos, con rosquitas, agujas y toda la pesca.
Y aquí sonó el despertador... lo siento, nos quedamos sin desenlace.
mente, suenos, relato, subconsciente
02 de noviembre de 2007
Retrospectiva Sueños I - La Muerte
Escrito por Anton
Aquí van en una serie tres sueños. Algo al estilo "Trilogía de Nueva York" o "Especial Halloween de los Simpsons". Todos alrededor del mismo tema: el miedo a la muerte.
Si. Ya sé. Este cabrón morboso me va a amargar la tarde. Perdón. Para el próximo especial haré una lista de mis sueños más picantones con famosas.
Sueño 1:
Por alguna razón que desconozco me encontraba en A Coruña con mi gato (V de Vendetta). El día era soleado, la temperatura agradable y de repente contemplé el estallido, a unos quilómetros, de una bomba atómica. Cuando todavía estaba intentando asumir lo del hongo atómico, me siento sacudido por una oleda de calor. Entonces pienso: "ya está, voy a morir".No de momento. Y mi gato sigue tan tranquilo.Pasa el tiempo (unas horas) y no noto ningún sintoma. Pasan unos días. Apenas hay fallecidos. Solo un nombre de los que leo en el periódico me suena. Un conocido de una conocida. Me la encuentro en la calle y paso el mal trago de darle la noticia. Todo es muy triste. Las calles, aún llenas de ceniza, el caos. Pero al mismo tiempo el alivio de saber que no nos hemos ido todos a la mierda.
Me recuerda a una frase de Punto Límite de Sidney Lumet:
- ¿Acaso hay diferencia entre un millon de muertos y diez millones?
- Si. Nueve millones de muertos.
Sueño 2:
Este es más breve. Soy pequeño. Voy con un amigo de la infancia, su primo y sus padres en su coche. No es su coche. Ellos tenían un utilitario. Este parece un señor coche. Negro, amplio. Tiene pinta de berlina americana, pero podría ser un Saab o un Volvo. Uno de esos en que el lema es "Si chocas contra una pared vivirás, si chocas contra un peatón le van a tener que recoger con pinzas".
Total, que en una curva de la antigua carretera que conduce de Vigo a Ponteareas, pasado O Porriño, en una curva en la que en la vida real hay un poco de monte, el coche se va de atrás. El tiempo se ralentiza. Noto como la inercia nos empuja fuera de la carretera. El guardarrailes cede. Y en vez del monte hay un barranco. Un barranco muy profundo. Un barranco tan refitoleramente profundo y lleno de rocas que pienso "Voy a morir" y sé que no me equivoco.
Hasta ahí llega el segundo sueño.
Sueño 3:
Este si que me acojona. Acaban de decirme que sufro una grave enfermedad del corazón y que mi única posibilidad es una operación a corazón abierto. Debo preparar mis cosas y dormir esa misma noche en el hospital. Mientras hago la maleta, comienzo a reflexionar sobre la muerte. No soy creyente, así que me enfrento a la idea de que, si la operación sale mal, todo se haya acabado. Todo. Normalmentees cuando la gente dice eso de "no volver a ver el amanecer de un bebé ni la sonrisa del horizonte"...no, el amanecer de una sonrisa y el horizonte de un bebé...bueno, esas pasteladas. En mi caso era tan sencillo como lamentar todas las cosas que no llegué a hacer. Y lo que me aterrorizó es darme cuenta de que al morir, toda nuestra perspectiva del mundo muere con nosotros, y eso es mucho. Es demasiado. Es toda nuestra visión del mundo. Única, particular. Los verdaderos universos paralelos. ¿Y si pudiésemos viajar por ellos? ¿Ver el mundo a traves de otros ojos? Para mí esas preguntas ya no tenían sentido.
Unas horas más tarde estaba en la mesa de operaciones. En aquel quirófano de los años cicuenta mi cuerpo descansaba sobre la mesa de operaciones. Mi..eh...¿alma? ¿conciencia? ¿esencia?... flotaba en lo alto de la sala, viendo como me abrían.
Esos son mis tres sueños sobre la muerte.
psicologia, muerte, mente, suenos
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